miércoles, 12 de diciembre de 2012

Y el fin del mundo

Aconteció
               irremediablemente
  -lo advirtieron los mayas-

y de todo
tan solo quedó literatura
apenas lo eterno
            
y revivieron
                                      felices

para siempre

jueves, 27 de septiembre de 2012

Berta Rojas y Paquito D'Rivera: cuando dos maestros se juntan

¿Qué es lo que pasa cuando dos maestros de la música se unen? La respuesta la dieron la guitarrista compatriota Berta Rojas y el saxofonista y clarinetista cubano Paquito D'Rivera en la noche del miércoles en una magistral muestra de talento y calidad interpretativa.

Tras las huellas de Mangoré, es el proyecto en el que se embarcaron hace ya más de un año y que tiene como objetivo recorrer la ruta que Agustín Barrios hiciera años atrás por varios países de Latinoamérica. Pero «el principal objetivo es hacer conocer la música paraguaya» confiesa Berta.

Este dúo, hoy nominado a un Grammy Latino por Mejor álbum instrumental, se inició hace cerca de dos años, cuando Berta se decidió y tomó el teléfono para invitar a Paquito a unirse a la travesía, con la humildad que la caracteriza y el temor de que este rechazara su propuesta. Sin embargo, otra fue la reacción del músico cubano. «¡Hay una guitarrista paraguaya que yo amo que se llama Berta Rojas!» le dijo emocionado Paquito cuando su esposa atendió el teléfono y se lo pasó. «Yo creo que es esa misma» le respondió la esposa; y a partir de ahí, esta sociedad empezaría a trabajar en lo que finalmente acabaría siendo el álbum Día y medio.

El concierto llevado a cabo en el Gran Teatro del Banco Central del Paraguay se inició con Choro da saudade de Agustín Barrios. A medida que avanzaba la noche, quedaba manifiesta la personalidad y se afirmaba el despliegue de los músicos, con la precisión de los acordes de la guitarra y el clarinete y el saxo, que recorrían la sala y transportaban a los lugares que Mangoré imaginara en sus composiciones.

Uno de los momentos más emotivos de la noche, el Preludio en do menor, también de Barrios. Una canción que transmite distintas emociones que se entrecruzan y recrean ese universo mangoreano tan único y cercano a pesar del tiempo y las particularidades del destino. «Este tema es un tributo de Piazzola a Mangoré, a través de Pinchi Cardozo Ocampo» expresó Paquito, comparando a Barrios con el reconocido músico argentino, Astor Piazzola, quienes sin haberse conocido, podían mezclarse a través del aire musical de la obra.
Los excepcionales arreglos de Pinchi Cardozo Ocampo, fueron resaltados más de una vez por ambos artistas, calificándolo como 'maestro de la música'.

www.bertarojas.comEl carisma de Paquito, quien alternaba el clarinete y el saxo en algunas canciones, sumado al encanto de Berta, probablemente en su mejor momento artístico, convertida hace ya tiempo en nuestra embajadora musical; pudo conjugarse con la calidez del público y concluir en una noche fantástica.

La peculiar orquesta H2O de Sonidos de la Tierra, dirigida por el maestro Luis Szarán, fue el broche de oro. Una orquesta de cuerdas, con instrumentos hechos de botellas y bidones de plástico que acompañaron London Karapé y Danza paraguaya, pusieron punto final a la noche.

Lo que Agustín Barrios no pudo presenciar en vida, lo consiguió esa noche a través de estos dos maestros de la música: una ovación de más de cinco minutos en su país en un teatro lleno. Paquito y Berta se encargaron de hacer justicia por mano propia y ubicaron a la música paraguaya, y a las composiciones de Mangoré en particular, en el sitial más alto.

«En un momento en que todo nos divide, la música nos une» señaló muy atinadamente Berta cerca del cierre, dejando en claro que ese lenguaje universal que no precisa de palabras, trasciende no solo fronteras físicas, sino también humanas.

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Publicado en ULTIMAHORA.COM

lunes, 1 de noviembre de 2010

A veces también llueve en primavera

Hay veces que pienso en matarte, pero basta mirar tus fotos para saber que ya estás muerta. Y lo estuviste quizá desde aquella noche, Amelia, eso no importaba, esa noche no importaba, quizá también yo estaba muerto y por eso decidí matarte.

Llueve, hoy es sábado y llueve. Amelia rima con Camelia solía decirte y esperaba a que la lluvia regresara para salir a la calle, caminar a tu lado y pensar que esto era París y mi calle era la rue St. Vincent de Montmartre y esa larga avenida que me llevaba a tu casa la entrañable avenue des Champs-Élysées. Todo era un sueño, querida, nadie podría conocer París y volver.

"Champs Élysées" de Antoine Blanchard
Yo te conocí un día sin lluvia y sin calles hermosas, te conocí sin querer y te quise después. Luego, al darme cuenta, huí. No huí por temor a quererte, querida, eso lo sabías bien. Huí porque no encontré la manera de mirarte sin pensar que estabas conmigo y no lo estabas.

Pero regresé Amelia, regresé a pesar de que te conocí y huí, no fue como París, de donde no se vuelve. Fue más bien como aquella mañana en Madrid, cuando sentí ese enorme frío y sentí que me abrazabas y te escribí.

Fue la misma mañana en que caminaba con el colombiano por la calle del Arenal y nos cruzamos a aquél hombre ciego vendiendo billetes de lotería en la estación Ópera, no era Borges como pensábamos al principio, se trataba del mismo dios. Como si nada y por nada, ese día regresé.

A veces también llueve en primavera y me recuerda tu risa, entonces vuelvo a mirar tus fotos querida, porque sé que te fuiste.

No nos gustaba la primavera, no nos gustaba hasta conocernos y sentarnos juntos y sentirnos. Hasta encender un cigarrillo y fumarlo entre los dos. Todo eso ocurría en primavera mientras la lluvia se hacía esperar y vos estabas conmigo y no lo estabas y yo huía.

El invierno sin embargo, el invierno nos gustaba, Amelia. A mí me encantaba ver las calles sumergidas en un llanto que no era el nuestro, los colores del suelo avivados por la humedad, el cielo gris, tus manos frías y besar tus mejillas tibias. A vos, querida, te gustaba lo que a mí, y más que ninguna cosa: el aroma del café, ¡cuánto adorabas el café!

Pienso en la tarde que paseaba por la calle Estrella y oía que me llamabas y me paralizaba en el semáforo buscando tu voz, parecía que esperaba a que la luz cambiara a verde y así poder avanzar, pero no era así, yo te creía escuchar cada vez que caminaba por la calle Estrella, mientras olía el aroma a café y miraba a lo alto los edificios y compraba revistas y recogía del suelo alguna flor seca.

Asunción ya no me quiere, Amelia. Me ignora, me detesta, y yo me quedé solo, bien solo y detestado.
"Lapacho" de Delia BerdascoHasta ayer soñé contigo, veía tu sonrisa y no te reconocía, estabas tan cambiada, tu rostro no era el mismo. Entonces encontré tus fotos y te recordé.

Me preguntaron si te extrañé cuando te fuiste y no supe qué responder. Al final mentí, de alguna forma supe mentir.

En esta primavera no había caído una sola gota y el lapacho rosa que tanto te gustaba se secó. Nuestra plaza quedó entre rejas, presa de tu sombra y la mía, y ya no puedo sentarme a escribirte cuando te sueño en las noches.

Pero hoy es sábado y llueve. Ayer vi tus fotos y te recordé, cada milímetro te recordé, fue entonces cuando pensé en matarte y supe que ya no estabas.

Ahora paró de llover. París rima contigo y con la lluvia y con mi silencio. Con el lapacho y las camelias, con Madrid y tus abrazos.

Ahora me llaman, me voy, ahora por fin podré gritar tu nombre y verte hasta en la penumbra. Ahora, como ayer cuando vi tus fotos y te extrañé, ahora puedo entender que no valió la pena matarte. Entonces me dejo morir, antes de que la noche caiga y no pueda escribirte, antes de que la lluvia ya no regrese y yo no te extrañe.

lunes, 19 de julio de 2010

El entierro del poeta

Ayer soñé con catorce versos endecasílabos; esta mañana, trece de ellos —previa protesta por DDHH— se convirtieron en verso libre.

Ayer soñé con ese aroma, esa piel y todavía más. Soñar no cuesta nada, pero cómo cuestan esos sueños de poeta.
"Boulevard des capucines" de Claude-Oscar Monet
Entonces desperté, la mañana avanzó y mi mecanismo automatizado de preguntas sin respuestas se rebuscó en lo hondo de mi universo, buscó a las horas perdidas, partidas, el tiempo pasado y pisado, y todo lo demás regresó a su lugar. Menos yo.

El frío dijo que no, que nadie puede regresar cuando hay alguien que espera.

Puedo escuchar canciones en invierno, escucharlas y sentir calor.

Y duermo —finalmente—, pero antes de ello, soy consciente que una vez dormido me pondré a enumerar las posibles cosas que al día siguiente olvidaré, entonces busco algún rincón, alguna página en blanco en mi memoria donde poder guardarlas.

«Mañana no sabré quién soy» me digo creo que en sueños. Pero mañana es una manera de decirlo —una de las tantas maneras— porque no me refiero al mañana que representa ese futuro lejano, ni el mañana que viene después del hoy, me refiero simplemente al mañana que está ahí cuando uno despierta.

Y mañana quién sabe en qué sueño voy a despertar.

Ahora miro hacia atrás y veo una decena de hombres de traje oscuro siguiéndome, no hay mucho adelante, sólo un frío desierto. Ha parado de llover, la calle calló, un poeta murió.

martes, 18 de mayo de 2010

Llueve y por si acaso no espero



Tuve que darme la razón. Pero era tarde, o demasiado temprano.


—Me vienen siguiendo —me dije a mí mismo y a quien iba a mi lado.

Lo repetí casi a gritos para que quienes estuvieran tras mis pasos sepan que no les tenía miedo. Otra vez esos hombres de traje oscuro y mirada engañosa. Podrán robarme todo lo que tengo, pero no el lugar que me pertenece por derecho.

"Golconda" de René MagritteMe siguieron por varios metros, intentaban comprar mi consciencia, entonces aceleré mis pasos mirando hacia el frente hasta que me topé con dos maniquíes vestidos de blanco, me sentía aliviado, conversé con ellos durante largo rato y logré pasar desapercibido. Luego, casi por instinto, corrí en dirección contraria, ahora parecía ser yo quien iba siguiendo el paso a alguien más. Corrí hasta verme en una gran encrucijada, tuve que decidir qué dirección seguir.

No lo pensé, porque estas decisiones no se piensan, se toman —como el agua o el vino, sin tu consentimiento.

Me aferro a este nuevo camino y camino despacio, no llevo prisa, nada parece preocuparme.

No voy a huir, como ya dije, en realidad no tengo miedo.

Pero la calle se hace angosta y peligrosa, me he cruzado con una mujer llevando flores y manzanas podridas y hasta me ha preguntado mi nombre.

Y sigo. Me encanta caminar en el frío, bajo esta lluvia ligera, no comprendo cómo pueden llamar «mal tiempo» a un clima tan perfecto.

Llueve y por si acaso no espero que la lluvia pare.

Ahora cierro los ojos y sigo, así pensarán que voy dormido y no me detendrán a preguntar ni mi nombre ni mi color ni mi beatle preferido.

Siento mi piel seca y rugosa. Me atraen los insectos, particularmente más que antes y no siento mis dientes. Mis patitas me impulsan adonde no quiero y una larga barba bailotea con el viento que me choca la cara.

Lo que sí me preocupa es el silencio. Le tengo pavor a este nuevo silencio, este silencio trae olor a muerte. Este silencio habla más que las propias palabras, entonces callo y simplemente sigo.

—Me voy… pero me quedo —le decía y me encantaba ver su rostro cambiante y esos ojos llorosos.

En el mismo trayecto me topé con un perro pastor alemán predicando en un idioma extraño y unos metros después un gato siamés pegado en el abdomen a otro idéntico, les pregunté sus nombres intentando iniciar conversación pero fingieron no escucharme.

Llueven sapos, llueven a cántaros, pero no me inquietan. Podrán llover pianos de cola y seguiré mis pasos, quizá antes pruebe tocar alguna de las Gimnopedias de Satie, aunque no sea bueno, aunque mis dedos se vuelvan aún más azules y torpes en el frío.

Obra de David StoupakisCruzo la calle y antes miro en ambas direcciones con detenimiento, no sea que algún ebrio en bicicleta transite a esta hora y yo no oiga sus afónicas bocinas a causa del frío y la lluvia.

Luego finjo no ver esas siluetas caminando desnudas, sé que me preguntarán mi nombre y tal vez yo, me vuelva a sonrojar al no saber qué cosa responder.

De repente siento mucho más frío. Abro los ojos lentamente y miro. Me han robado todo lo que traía puesto, ahora no tengo nada, estoy solo, como al inicio.

Ahora no sé adónde voy pero mis pasos continúan mecánicamente seguros. Ahora salto los charcos-sapos y me reinvento, tomo una bocanada de aire, me sumerjo en la lluvia y sigo, por si acaso no espero. Por si acaso no me miro.